
¡Atención, recluta, que ha vuelto el general más marchoso del videojuego! Ratatan es el hijo bastardo y orgulloso de Patapon, firmado por la misma gente que hace veinte años nos hizo aporrear el mando al grito de pata-pata-pata-pon. Aquí no controlas a un soldado: controlas a un EJÉRCITO entero de bichejos monísimos que marchan, saltan y reparten estopa al compás de la música. Y sí, sigue siendo tan adictivo que vas a acabar con los dedos en forma de baqueta.
La jugada es sencilla de contar y perra de dominar: cada botón es un tambor, cada tambor es una orden, y encadenar el ritmo sin perder el compás es lo que separa la victoria épica del ridículo más absoluto. Ratatan coge esa fórmula ochentera y la mete en la batidora del roguelike moderno, con tiradas, mejoras, bichos aleatorios y una dificultad que sube como la espuma. Cada partida es distinta, cada derrota escuece y cada -una más- se te convierte en tres horas.
Lo que más flipa es cómo el juego consigue que sientas la música en las tripas. El escenario late, los enemigos van a compás, y cuando por fin clavas una cadena larga y tu tropa entra en modo fiebre, la pantalla explota en colores y tú te vienes arriba como si hubieras metido el gol de la final. Los jefes son enormes, cabrones y coreografiados: aprenderte su ritmo es medio placer, medio tortura, y las dos cosas enganchan.
Visualmente es un caramelo, con personajes rechonchos, colorines por todas partes y un estilo que mezcla lo tierno con lo gamberro sin despeinarse. La banda sonora, como no podía ser de otra forma, es una gozada de principio a fin, con temazos que se te clavan en el cerebro y no salen ni con lejía. Es de esos juegos que, aunque falles estrepitosamente, te dejan sonriendo como un pardillo feliz.


¿Lo mejor? Que la magia de Patapon sigue intacta pero puesta hasta arriba de esteroides. El bucle roguelike le da chicha para rato, la sensación de progresar entre tirada y tirada engancha una barbaridad, y jugarlo con colegas multiplica la fiesta y las risas. Es puro subidón rítmico, de esos que te hacen mover la cabeza en el metro sin darte ni cuenta y que la peña te mire raro.
¿Lo peor? Que como no tengas oído ni sentido del ritmo, esto se puede convertir en un muro de frustración made in bombo y platillo. Y a ratos la pantalla se llena tanto de fuegos artificiales que pierdes de vista lo importante entre tanto confeti. No es un juego para todo el mundo: pide práctica, paciencia y dejarte llevar por el compás sin agobiarte cada vez que la lías.
Conclusión: Ratatan es el regreso que los huérfanos de Patapon llevábamos años pidiendo de rodillas, y encima aterriza en físico como Dios manda. Si te va el ritmo, la estrategia de bolsillo y el caos con purpurina, ficha, marcha y ponte a repartir estopa al son del tambor. Que empiece el desfile, recluta, y que no decaiga la percusión.
Un juego que va de marchar en formación merecía una edición física con la misma disciplina. Pasamos revista a la tropa de cartón:
Ratatan desfila a la estantería con una edición estándar completa. Ojo al detalle del cartucho real en Switch 2, que hoy es casi noticia:

- Juego completo en formato físico
- Switch 2: cartucho real, sin descargas (aprox. 44,95 €)
- PS5: disco con todo incluido (aprox. 39,99 €)
- Bonus de reserva: arma Legendaria Banbansord
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